Cuando, en septiembre de 1945, estuve en Londres, en la ciudad apenas acababan de apagarse las luces del V-Day, el día en que ella había celebrado su victoria.

La guerra me había dejado un vivo sentimiento de irrealidad bajo el que la colectividad de los franceses la había vivido de principio a fin. No me refiero aquí a esas ideologías foráneas que nos habían mecido con fantasmagorías sobre nuestra grandeza, parientes de los desvaríos seniles, sea del delirio agónico o de las fabulaciones compensatorias propias de la infancia. Quiero más bien referirme al desconocimiento sistemático del mundo en cada uno, esos refugios imaginarios en que, como psicoanalista, solo podía identificar para el grupo, presa entonces de una disolución verdaderamente terrorífica de su estatuto moral, esas mismas modalidades de defensa que el individuo utiliza en la neurosis contra su angustia, y con un éxito  no menos ambiguo, también paradójicamente eficaz, y que sella del mismo modo, ¡ay!, un destino que se transmite a las generaciones sucesivas.

Pensaba, pues, salir del círculo de este encantamiento mortífero para entrar en otro reino: allí donde, después del rechazo crucial de un compromiso que hubiera sido la derrota, se había podido, sin perder el dominio a través de las peores pruebas, conducir la lucha hasta el triunfo final, que ahora hacía ver a las naciones  que la enorme ola que habían visto casi tragárselas, no había sido sólo una ilusión de la historia, y de esas que se rompen tan pronto.

Mi espera de otros aires no fue decepcionada desde el principio hasta el final de mi estancia, que duró cinco semanas. Y es en forma de evidencia psicológica que toqué esa verdad: la victoria de Inglaterra es una fuerza moral, —quiero decir que la intrepidez de su pueblo reside en una relación verídica con respecto a lo real, que su ideología utilitarista no facilita su comprensión, que especialmente el término de adaptación traiciona totalmente, y por lo cual también la bella palabra “realismo” nos está interdicta a causa del uso infamante con el que los “clérigos de la Traición” han envilecido su virtud, por una profanación del verbo que durante mucho tiempo priva a los hombres de los valores ofendidos.

Debemos, pues, llegar a hablar de heroísmo y evocar las marcas, desde las primeras apariciones a nuestra llegada, en esta Ciudad devastada, cada doscientos metros de calle, por una destrucción vertical, con el resto perfectamente descombrado, que se acomoda mal al término “ruina”, cuyo prestigio fúnebre, si bien asociado, con una intención aduladora, al recuerdo grandioso de la Roma antigua en el discurso de bienvenida pronunciado en la vigilia por uno de nuestros enviados más eminentes, había sido mediocremente saboreado por gentes que no se apoyan en su historia.